-Quiero estar solo contigo -decía el-. Un día de estos le cuento todo a todo el mundo y se acabaron los escondrijos.
Ella no trato de apaciguarlo.
-Seria bueno -dijo-. Si estamos solos, dejamos la lampara encendida para vernos bien, y yo puedo gritar todo lo que quiera sin que nadie tenga que meterse y tu me dices en la oreja todas las porquerías que se te ocurran.
- Cien años de soledad
